Texto y fotografías: Marvin del Cid
Entre el mar y los acantilados cercanos al Acuario Nacional, esta especie encuentra refugio para reproducirse y ofrece una oportunidad para conocer la biodiversidad del litoral urbano
Una silueta blanca cruza sobre el agua. Detrás del cuerpo se prolongan dos plumas delgadas que permiten reconocerla incluso antes de distinguir sus detalles. Es el rabijunco coliblanco (Phaethon lepturus), un ave marina cuya presencia puede transformar una mirada cotidiana hacia la costa en un encuentro con la naturaleza.
En Santo Domingo, donde el paisaje del litoral suele asociarse con avenidas, edificios y espacios de recreación, también hay lugares de anidación. En las paredes rocosas cercanas al Acuario Nacional, sobre la avenida España, estas aves encuentran cavidades para reproducirse. Allí pueden observarse parejas frente a sus refugios y adultos que maniobran para entrar en ellos, como muestran las fotografías que acompañaron mi reportaje original en Diario Libre.
Una silueta que merece una segunda mirada
El adulto presenta un plumaje predominantemente blanco, una franja negra a través de los ojos y marcas oscuras en las alas. Las largas plumas centrales de la cola son su rasgo más llamativo: prolongan su figura y hacen que cada giro dibuje una forma distinta sobre el cielo.
Los jóvenes tienen otra apariencia. Carecen de esas largas plumas y muestran un patrón de barras oscuras en la parte superior del cuerpo. Por eso, reconocer la especie exige mirar algo más que la cola: también importan la forma, el dibujo del plumaje y la manera de volar.
Aunque su aspecto puede recordar al de un charrán, pertenece a una familia diferente, Phaethontidae, dentro de su propio orden, Phaethontiformes. Su distribución abarca mares tropicales y subtropicales de distintas partes del mundo. Es, ante todo, un habitante del océano: pasa buena parte de su vida lejos de tierra y regresa a ella para reproducirse.
Una vida entre el aire y el agua
La costa ofrece una ventana a una pequeña parte de su existencia. Mar adentro, el rabijunco busca peces y calamares, que captura mediante zambullidas. Los peces voladores figuran entre sus presas.
Durante la búsqueda de alimento puede coincidir con depredadores marinos que empujan pequeños peces hacia la superficie. Esa relación permite imaginar el paisaje que no vemos desde la orilla: bajo un ave que se detiene sobre el agua puede estar ocurriendo una actividad mucho más amplia.
Fuera de los lugares de reproducción suele desplazarse solo, aunque puede reunirse con otros individuos donde hay alimento. Su vuelo lo conecta con áreas del océano que quedan fuera de nuestra vista desde tierra.
Un refugio en la roca
Para reproducirse utiliza huecos, cuevas y grietas. Deposita un solo huevo sobre el sustrato de la cavidad, y ambos progenitores participan en la incubación y en el cuidado del polluelo.

La cría permanece normalmente entre diez y once semanas en ese refugio antes de abandonarlo rumbo al mar. Durante ese período, una abertura que desde lejos parece apenas una sombra en la roca es el espacio donde transcurre una etapa completa de su desarrollo.
La ciudad también tiene espacios de conservación
El rabijunco es residente reproductivo de La Española. En mi artículo de 2025 recogí registros de colonias en distintos puntos del país y la presencia de una pequeña colonia cerca del Acuario Nacional desde 1999. Su relación con este litoral tiene, por tanto, una historia que precede a muchas de las miradas que hoy lo descubren.
Entre las amenazas están la pérdida de hábitat y los depredadores introducidos, como ratas y gatos, que pueden afectar los nidos. La presencia de aves junto a una zona urbanizada no significa que sus refugios estén libres de riesgos.
Proteger un lugar así comienza por reconocer su función. Una pared rocosa puede parecer un elemento más del paisaje costero, pero adquiere otro significado cuando sabemos que alberga reproducción, refugio y continuidad para una especie.
Esa información también cambia las preguntas que hacemos sobre la ciudad. ¿Qué espacios naturales estamos pasando por alto? ¿Cuánto conocemos de la vida que depende del litoral? ¿Qué deberíamos tener en cuenta al transformar su entorno?
Fotografiar para aprender a mirar
La fotografía permite detener lo que en una observación breve apenas alcanzamos a percibir. Una imagen en vuelo muestra la posición de las alas y la longitud de la cola. Otra, frente a una cavidad, ayuda a comprender la relación entre el ave y el lugar donde anida. Juntas cuentan una historia que va más allá del retrato de una especie.
La propuesta de esta serie es mirar con atención. Detenerse en las formas, comparar los encuadres y reconocer que el paisaje de Santo Domingo contiene escenas que no siempre aparecen en sus imágenes más conocidas.
También es una invitación a observar con respeto: mantener distancia, evitar acercarse a los refugios y dejar que las aves continúen su actividad. La fotografía tiene más sentido cuando el encuentro conserva aquello que nos llevó a levantar la cámara.
Los rabijuncos ofrecen una razón para volver a mirar hacia el mar. En sus vuelos y en las rocas donde se refugian hay una parte de la historia natural de Santo Domingo que merece hacerse visible.
