Texto y fotografías: Marvin del Cid
Una inmersión en Cabeza de Toro, junto a más de una docena de tiburones de arrecife, me permitió enfrentar un temor de infancia y documentar una oportunidad para la conservación marina en República Dominicana.

Hay imágenes que nos acompañan durante años. Cuando era niño, mi padre nos compró un libro de naturaleza que tenía, en sus páginas centrales, una fotografía submarina de un gran tiburón blanco. Me resultaba difícil mirarla. Aquella figura bajo el agua me provocaba una ansiedad que permaneció conmigo mucho después de cerrar el libro.
Con el tiempo, la fotografía y el interés por la naturaleza me llevaron a explorar otros ambientes, incluido el mar. Sin embargo, el temor a encontrarme con un tiburón seguía presente. En ocasiones, bastaba imaginar esa posibilidad para hacerme dudar antes de entrar al agua.
Al momento de realizar esta experiencia, llevaba más de diez años buceando en República Dominicana sin haberme encontrado bajo el agua con un tiburón. Había conseguido fotografiar algunos desde el aire, utilizando un dron en distintos puntos del país, pero observarlos desde arriba y compartir su entorno eran experiencias muy diferentes.
Finalmente, decidí buscar ese encuentro que durante tanto tiempo había evitado.
Una inmersión en Cabeza de Toro
Para organizar la experiencia contacté a Lise Menard, de El Tour Caribe, una experimentada profesional del buceo. Junto a ella y su esposo, Edwar Rodríguez, nos dirigimos a Cabeza de Toro, en la provincia La Altagracia.
La inmersión estuvo guiada por Franklin Santos, instructor de la escuela de buceo Grand Bay of The Sea. En este rincón de Punta Cana pudimos observar más de una docena de tiburones de arrecife.

Para mí, la salida reunía dos propósitos: enfrentar un miedo personal y documentar una actividad con posibilidades educativas y de conservación. La cámara me permitía acercarme al tema desde mi trabajo habitual: observar, registrar y compartir una realidad que muchas personas conocen principalmente a través de películas o noticias sobre incidentes.
Punta Cana suele asociarse con playas, hoteles y excursiones. Bajo la superficie existe otra dimensión de ese destino, una vida marina que merece atención por sí misma y cuya conservación debería formar parte de cualquier conversación sobre su futuro turístico.
La imagen que tenemos de los tiburones
Mi temor tenía una referencia muy concreta en aquel libro de infancia. Pero la percepción que construimos sobre los tiburones también está influida por las historias y las imágenes que consumimos.
En el cine y en otros relatos populares suelen ocupar el papel de una amenaza que aparece desde las profundidades. Esa representación deja poco espacio para conocerlos como animales silvestres o para comprender las condiciones de su entorno.
Como fotógrafo, me interesa pensar en el efecto de esas imágenes. Una fotografía puede alimentar un prejuicio, pero también puede despertar curiosidad y abrir una conversación. Documentar a los tiburones implica una responsabilidad: evitar que el afán de mostrar una escena impactante termine reforzando el mismo miedo que impide conocerlos.
No se trata de presentar un encuentro con fauna silvestre como una actividad sin riesgos. Se trata de sustituir las ideas preconcebidas por conocimiento, preparación y respeto.
El valor de un tiburón vivo
La experiencia también me llevó a reflexionar sobre las oportunidades que ofrece el turismo de observación.
Un tiburón vivo puede generar interés por visitar un destino, contratar una salida de buceo y conocer su entorno marino. Esa actividad puede beneficiar a instructores, operadores, alojamientos y otros negocios de las comunidades costeras.
El valor de conservarlo se hace entonces visible también desde la economía. La presencia de estos animales puede sostener una actividad que depende de que permanezcan en el mar y de que su hábitat conserve las condiciones necesarias para albergarlos.

Pero la conservación no ocurre automáticamente porque una excursión se anuncie como ecoturística. Hace falta que la operación incorpore criterios de manejo responsable, preparación de los participantes y respeto por la fauna.
También es importante que la experiencia tenga un componente educativo. Una inmersión puede convertirse en una oportunidad para hablar de las presiones que enfrenta la vida marina y de la relación entre la salud del océano y las actividades que desarrollamos en la costa.
Una oportunidad que exige responsabilidad
En el artículo que publiqué en 2024 planteaba el buceo con tiburones como una posibilidad poco aprovechada dentro del turismo dominicano. Su desarrollo merece una discusión que incluya a operadores, comunidades, investigadores y autoridades.
La pregunta va más allá de cómo atraer visitantes. También debemos preguntarnos cómo organizar la actividad, qué prácticas deben permitirse y cómo evaluar sus efectos sobre los animales.
Un modelo bien orientado puede vincular el turismo con la investigación, la educación ambiental y la protección de los ecosistemas. Para lograrlo, esos objetivos deben formar parte de la planificación y del funcionamiento de la actividad.
La experiencia del visitante importa, pero también importa lo que ocurre después de que termina la inmersión: qué aprendió, cómo cambió su percepción y qué relación establece entre el encuentro que disfrutó y la necesidad de conservarlo.
Prepararse para compartir su entorno
Bucear con tiburones requiere formación y acompañamiento profesional. Cada participante debe conocer sus capacidades, atender las indicaciones del instructor y comprender los procedimientos de la operación.
La preparación incluye familiarizarse con los animales que pueden encontrarse durante la salida y con las conductas que deben evitarse. Respetar la distancia y no interferir con su comportamiento forma parte de esa responsabilidad.
Para quienes llevamos una cámara, el propósito de conseguir una imagen debe estar subordinado a las indicaciones del guía y al respeto por los animales. La fotografía no justifica alterar un encuentro ni apartarse de los procedimientos establecidos.
Estar en el agua con fauna silvestre exige reconocer que entramos en un entorno que no controlamos. Esa conciencia debe acompañar la experiencia desde su preparación.
Fotografiar para conocer
Mi encuentro en Cabeza de Toro reunió un temor que arrastraba desde la infancia con el deseo de documentar la biodiversidad dominicana.
Durante años, los tiburones habían ocupado un lugar en mi imaginación antes de ocupar un espacio frente a mi cámara bajo el agua. Buscar esa experiencia me permitió abordar el tema desde la observación y llevarlo a una conversación más amplia sobre turismo y conservación.
Las fotografías de esta inmersión son un registro de ese encuentro. También son una invitación a mirar con mayor atención la vida que existe bajo la superficie y a preguntarnos cómo podemos contribuir a su permanencia.
República Dominicana tiene un patrimonio marino que necesita ser conocido y protegido. Documentarlo es parte de mi trabajo. Compartirlo es una forma de acercar a otras personas a ese mundo y de recordar que su futuro también depende de nuestras decisiones.
